dilluns, 24 de març de 2014

Diario de un corredor de Maratón (M. Jesús Mandianes)

5 de abril de 1896:
Por fin he entregado los últimos barriles de agua en la taberna “Ágoras”.   Ares, después pagarme, invita a los parroquianos a una ronda, descorchando una botella de ouzo que guarda para las grandes ocasiones, va llenando los vasos uno a uno con gesto serio. Después levanta el suyo y mirándome, dice: Spiridon tu destino es convertirte en el nuevo héroe de Grecia ¡No nos falles! Vaciamos los vasos en silencio y los rompemos contra el suelo, luego nos fundimos en un abrazo emocionado.

6 de abril:
A las  cinco de la mañana me despierta el coronel Papadiamantopoulos, para dirigir mi entrenamiento. Desayuno: Yogur, pan blanco y huevos. Me comunica que a partir de hoy  me dedicaré únicamente a entrenar para la Maratón, él pagará mis gastos.  En posición de firmes solo se me ocurre decir: ¡A sus órdenes señor!, cualquier otro comentario sería una temeridad que podía llevarme al calabozo.

7 de abril:
Hoy he repetido por última vez el recorrido de Maratón a Atenas, he regresado al pueblo en un carro del ejército. Tengo los pies desollados y un dolor intenso en las rodillas,  no importa el sufrimiento, mi misión es llegar el primero. El coronel en el camino de regreso me  alecciona diciendo que en mis piernas está depositada la confianza de todos los griegos, tengo la obligación de  restaurar el orgullo tantas veces pisoteado de nuestra patria.

8 de abril:
Después de un ligero almuerzo me dirijo a la Iglesia de San Juan Bautista, me espera el diacono para confesar y comulgar. Hincado de rodillas recibo su bendición en nombre del santo patriarca. Su corpachón me envuelve en un apretujón asfixiante mientras susurra: ¡Dios está contigo!

9 de abril:
Un nudo en el estómago me impide comer. Toda Grecia está pendiente de mí. Si fracaso solo me quedan dos opciones: Huir como los cobardes o suicidarme como los desesperados.

10 de abril:
A las dos de la tarde, bajo un calor sofocante,  los diecisiete corredores esperamos impacientes el pistoletazo de salida. A nuestro alrededor se apiñan curiosos, policías a caballo y carromatos para el equipo médico. Un estampido seco anuncia el comienzo de la carrera, por delante cuarenta kilómetros hasta el Estadio Olímpico.
Mis rivales derrochan toda su energía en los primeros kilómetros, no desespero tratando de alcanzarlos. Cubierto con el polvo de sus zapatillas sigo dosificando mis fuerzas, sin reducir ni acelerar el ritmo de la marcha, siempre  hacia adelante.
El sudor empapa nuestras camisetas, los calcetines se tiñen de sangre,  se desmaya uno de mis rivales,  pero no puedo pararme. La consigna es seguir corriendo hasta la meta pase lo que pase. Alguien me entrega una botella de agua y bebo desesperadamente sin dejar de correr, mientras el competidor americano se sienta al borde del camino haciendo la señal de abandono. Poco después los quejidos indescifrables del húngaro me hacen virar la cabeza, veo como contrae la pierna con gesto de dolor. Ahora solo quedan en la maratón atletas griegos.
La cabeza me arde, los rayos de Sol caen directamente sobre mis ojos cegándolos. No sé cuántas horas llevo corriendo. Escucho un cañonazo y el rugir de miles de voces fundidas en una sola. Las sombras del estadio olímpico son un alivio para mi cuerpo destrozado, avanzo solo, desorientado, sintiendo  el corazón a punto de estallar. Me abrazan conduciéndome en volandas ante la presencia del rey, le escucho decir: Eres el nuevo adalid de Grecia, pídeme lo que quieras.
Sin pensarlo mucho, digo: Señor quiero un carro con un burro para transportar los barriles de agua y  de paso poder volver al pueblo, porque hoy ya no puedo dar un paso más.

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