dilluns, 7 d’abril de 2014

Roberta (M. Jesús Mandianes)

Acompañada por el monótono traqueteo de las ruedas de mi maleta camino distraída por el vestíbulo de la Estación de Francia, seducida por el encanto romántico de las bóvedas iluminadas con una tenue luz amarilla, las vidrieras policromadas y los mármoles que recubren las paredes, convirtiéndolo en un escenario evocador de otros tiempos.
Un altavoz anunciando la inminente salida del “nocturno Barcelona-Paris” me devuelve a la realidad. Corro hacia el andén siguiendo a los pasajeros rezagados, el revisor con gesto impaciente nos pide los billetes, advirtiéndonos que el tren está a punto de partir. Cuando por fin me acomodo en la butaca, al descorrer la cortinilla veo a una mujer mulata que trotando se acerca al tren con el billete en la mano. Resoplando aborda al revisor, ahora olvidando la obligatoria cortesía le recrimina el retraso. No puedo oír la conversación, pero veo la expresión de súplica de ella y la mueca despectiva de él; al darse cuenta de que los viajeros lo observamos, la deja subir.
Avanza por el pasillo secándose el sudor con un pañuelo de papel y arrastrando un maletín multicolor. Viste una túnica blanca que resalta el color de su piel canela, el pelo azabache recogido en un moño enmarca el rostro de pómulos altos, labios carnosos y ojos negros. La calidez de la voz y el aspecto físico revelan el origen cubano de la joven. Sonriendo me pide permiso para sentarse frente a mí:
—Madame, ¿Me da usted su permiso?
—Faltaría más, no tienes necesidad de pedirlo.
Después de colocarse unos auriculares, siguiendo con la cabeza el ritmo de la música, parece olvidarse de todo.
Sin duda se trata de una emigrante con un contrato temporal para trabajar en algún hotel de Paris. Me la imagino limpiando habitaciones al ritmo de la música de sus cascos, siguiendo el compás del son cubano con los pies y las caderas, sin darse cuenta de que la gobernanta la observa dispuesta a recriminarla, exigiéndole seriedad y disciplina:
—Mademoiselle, está usted trabajando en un gran hotel de Francia, no en un “chiringuito cubano”.
—¿Qué le voy haser patrona? Si llevo el son caribeño en la sangre.
S’il vous plait ¡Que falta de profesionalidad!
Tal vez va a trabajar a la mansión de una aristócrata francesa que le coloca el uniforme de mucama con delantalito blanco y cofia.
No sabe la rancia duquesa que su hijo se enamorará locamente de ella y querrá convertirla en su esposa.
Mére, tengo que hablar contigo. Me quiero casar
—¡Oh querido, ya era hora! ¿Quién es la afortunada? ¿La conozco?
Oui, es Roberta, la chica de servicio.
—Oooh, me da un soponcio. ¡Qué disgusto!
El tren avanza en medio de la noche adormeciendo a los pasajeros con su suave balanceo, cierro los ojos y sueño que camino por el malecón de la Habana bajo un Sol tropical, el calor me obliga a buscar un restaurante donde refrescarme, se acerca una camarera y me pregunta:
—¿Le apetece una piña colada madame?
Al levantar los ojos la veo a “ella” cantando y bailando con una bandeja en la mano.
El inesperado repiqueteo de las gotas de lluvia en la ventanilla consigue despertarme a tiempo de escuchar a una azafata informando que el convoy está a punto de llegar a Paris. El Elipsos hace su entrada en la estación lentamente, como si quisiera retener a los pasajeros, que aferrados a su equipaje esperan ansiosos el momento de abandonarlo. Resignado abre las puertas para permitirnos descender ordenadamente; aun desubicados recorremos el andén buscando la salida que desemboca en un deteriorado vestíbulo.
Descubro que Austerlitz es un vaivén de viajeros que pululan por la estación animados por la armonía del piano, donde un joven interpreta “Para Elisa”. Sus dedos alargados acarician las teclas desgranando los delicados acordes de la composición de Beethoven.
Asombrada veo como mi compañera de viaje sonriendo se acerca al “maestro” y le pide permiso para sentarse al piano, las manos se deslizan por el teclado en una declaración de amor acompañada de su voz lánguida, aterciopelada, llena de sensualidad. La garganta se le quiebra entre agudos rotos por melódicos quejidos, consiguiendo detener un instante el camino de los viajeros y los trenes, hechizados por la voz: Cantando como si conociera sus vidas, mirando a través de ellos como si los traspasara.
Un altavoz anuncia la salida del cercanías con destino Versalles, Roberta finalizando la balada se aleja ligera en busca de su tren. Pasa por delante de mí guiñándome el ojo. Parece decirme: Madame tengo mi propia historia, muy distinta de la que tú has inventado.

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